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Cuba en el año 47 de la Revolución, un año antes de las festividades por el 80 cumpleaños de Fidel Castro. Mientras el Máximo Líder disfruta en apariencia de buena salud, son perceptibles las señales de decadencia en la revolucionaria capital de la Habana. Los edificios –reflejo de todas las épocas de la historia cubana- se erigen como monumentos de este deterioro en casi todas las esquinas. Lo que diferencia las ruinas de la Habana con otros lugares como Roma y Atenas es que estas están habitadas. En HABANA – NUEVO ARTE DE HACER RUINAS les ofrecemos una puerta de entrada a las vidas y espacio natural de cinco habitantes de estas ruinas. Ellos nos ofrecen en cambio su propia historia, la que a su vez está estrechamente relacionada con la historia del lugar donde habitan. Esta crónica es a su vez una lucha contra el deterioro y las ruinas ya que también las vidas de las personas que habitan en ellas pueden llegar a convertirse en ruinas.
En el teatro “Campoamor” –el cual está enteramente arruinado- vive Reinaldo, quien una vez se encontrara sin un lugar donde vivir. Todo su empeño lo pone en establecer su vida dentro de este edificio, al que desde hace tiempo no entran actores ni público y cuyas paredes sirven ahora de refugio a un solo habitante. El espíritu de los actores que por allí pasaron lo acompañan en su fantasía –en especial el fantasma del famoso tenor italiano Enrico Caruso, quien una vez se presentara en este teatro. Reinaldo intenta aceptar con total normalidad su vida dentro de un teatro arruinado, si dejara correr libremente sus pensamientos se volvería loco –cuenta el propio Reinaldo. Aún así, él sueña en secreto poder dejar este lugar algún día. La convivencia con este edificio, cuyo derrumbe puede ser mortal, lo ha convertido en una especie de filósofo barroco. Él está obsesionado con la ida de la finitud y la fragilidad de las cosas: “Todo en la vida es una mentira. Todo en la vida como mismo se hace se destruye. La felicidad no existe” –nos dice Reinaldo en tono de resignación. Vestigios de felicidad él los encuentra en los movimientos controlados de una de las artes marciales asiáticas llamada “Tau Chi”. Vestido con su kimono de práctica, Reinaldo se ejercita secretamente en el balcón de su teatro.
Frente a este teatro, con vista sobre el techo derruido del Campoamor, vive Misleidys en el último piso de lo que fuera un hotel de lujo. Ella también sueña con el teatro pues de niña quería ser actriz y siempre le daban el rol principal en un grupo de teatro para niños al que asistía: el papel de la mulata rumbera. Pero las cosas salieron diferentes. Su padre abandonó a su madre cuando ella tenía cinco años, Misleidys coge el camino equivocado y durante algún tiempo depende de las drogas para sobrellevar su existencia. Un día conoce a un extrajero millonario y se casa. Él la lleva a vivir a una jaula de oro con piscina y pista de aterrizaje para su helicóptero, pero Misleidys no es feliz pues se siente como una muñeca de su colección. Ella lo abandona todo. Durante su adolescencia solía escaparse con Enrique hacia el apartamento ubicado en el último piso del hotel Regina, antiguamente este apartamento era la suite del hotel, hoy es un montón de escombros con techo y paredes desmoronadas de los que se desprenden pedazos durante la noche y amenazan de muerte a Misleidys. A pesar de todo ella no quiere irse del lugar y sueña con el tiempo en que esta ruina era un elegante hotel con un legendario bar. Misleidys abandona su casa lo menos posible pues no quiere enfrentar la realidad que le rodea. Ella se contenta con ver los pájaros que vuelan sobre los techos de la Habana y se posan en su balcón.
Algo más lejos y menos ruinosa es la residencia de la familia Del Campo, la que se encuentra ubicada en los límites de la ciudad, al lado de la autopista. El patriarca de la familia, Nicanor del Campo, celebró durante su juventud el inicio de la revolución y la entrada de los guerrileros en la Habana en 1959. Tan pronto como se le hizo claro que terratenientes como él serían expropiados en el transcurso de la revolución, comenzó a colaborar con la resistencia. El golpe de estado fracasó y Nicanor escapó por los pelos del fusilamiento, por último fue sentenciado a seis años de presidio. Durante su reclusión fueron expropiados todos los terratenientes. En aquel tiempo su esposa Silvia pudo seguir viviendo en la casa pues los interventores les dejaron quedarse, ella crió sola a los hijos y fue el sustento de la familia. Hacia allí retornó Nicanor después de cumplir su condena y se dedicó -entre los restos de su propiedad- a hacer lo que más le gustaba: criar una vaca, cosechar vegetales e intentar rescatar la casa de sus padres del deterioro visible.
Un camino esperanzador fuera de la convivencia con las ruinas nos presenta el plomero Totico. Él se crió en el edificio “Arbos”, un edificio en Centro Habana. De su niñez recuerda el control y cuidado del antiguo propietario, ahora en cambio no hay nadie que se ocupe del edificio; el que se ha transformado en un infierno ruidoso y deteriorado a ojos vistas. Totico no quiere saber de esto. La mayor parte del tiempo él la dedica a su hobby preferido en la azotea del edificio: la cría de palomas. Este ha sido desde su infancia su mayor pasión. A Totico le gustaría ser una paloma, así podría volar y dejar atrás las ruinas del lugar donde vive. El escape hacia su sueño ha arruinado su realidad. Su matrimonio se fue a pique pues él pasaba más tiempo junto a sus palomas que con su famlia y su esposa Magdalena. Después de la separación Magdalena intenta rehacer su vida –lejos del edificio y de las ruinas de su relación. Ella se muda a Alamar, una urbanización a la orilla del mar que surje como resultado de los planes de construcción de Fidel Castro. Magdalena reconoce que la nueva construcción también es una ruina: “La ruina llega a todas partes. Salir del Arbos es venir a morir aquí a Alamar”.
Como una especie de guía de las ruinas Ponte nos conduce a través de la película. Él se describe a sí mismo como “Ruinólogo” –una profesión que como él mismo explica es la condición de quien está pensando continuamente en las ruinas e intenta explicar la perversidad del placer al observarlas. Ponte piensa incesantemente en las ruinas. De esta forma él sueña con Thommas Mann y teje la teoría que si este viviera aún no escribiría una “Muerte en Venecia” sino una “Muerte en la Habana” pues el encanto mórbido de la Habana afecta hoy a los noreuropeos tanto como lo hiciera hace 100 años la magia del hundimiento de una ciudad en su propia laguna. El héroe de la nueva historia viajaría a la Habana para enamorarse y morir aplastado por las ruinas. Ponte deja también al filósofo Georg Simmel recorrer la Habana e hilvanar una teoría sobre las ruinas habitadas. Inmerso en su propia Ruinología el mismo Ponte se ha convertido en una ruina. Semejante teoría no es aceptada por la parte del gobierno. Ponte fue excluído de la sociedad de escritores y no puede publicar más en Cuba. Él ya no existe, al menos ante los ojos de la oficialidad. Su teoría va más lejos y espera a que Fidel Castro “La mayor ruina de este país” se derrumbe.
Los personajes de esta historia intentan encontrar una escapada que les permita seguir sobreviviendo a pesar de lo arruinada que puedan estar sus vidas y sus casas: ya sea las palomas, la literatura, el pasado o la cosecha pacífica del noni –la fruta que cura todas las enfermedades del mundo.
